Llevaban dos horas sentados uno al lado del otro en aquel vuelo internacional. Se gustaron desde el momento en que él le ayudó a guardar su bolso en el maletero. Ella miraba por la ventanilla con los ojos apuntando hacia la nada y la mente llena de ideas calientes. Él solo ansiaba que ella volviera a pedirle permiso para pasar, esa intensa cercanía banal de un inocente roce de piernas, le seducía en extremo.
Siete mil doscientos segundos desde las primeras palabras cruzadas. “Hola. ¿Te ayudo? Si, muchas gracias”. Pero las miradas dijeron mucho más. Un agudo deseo inexplicable les impidió volver a observarse sin que ella se sonrojara y él tuviera una idiota expresión de nerviosismo en su rostro. Sonidos toscos de forzadas toses al limpiar tensas gargantas, llenaban el aire a su alrededor. No hubo una palabra, un gesto ni un mero símbolo capaz de romper la cortina virtual de aparente indiferencia que crecía entre ambos. Por algún bizarro instinto sabían que esos sentimientos nuevos eran correspondidos, haciendo que aumentara la cruel tensión.
Matías Sánchez
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